savoy

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Al borde de la adolescencia mi madre me aconsejó que viviese mi juventud olvidando la gravedad y los relojes, confiado a la buena estrella de una vida elemental, en la seguridad de que cuando eres joven incluso el éxito puede ser resultado de cualquier torpeza, entregado sin remilgos al sedante cansancio de la contemplación pura, pendiente si acaso de cambiarle el sudor a la piel y la saliva a la boca, atento a distinguir el olor de los guisos, la dicción del agua entre las piedras.
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Como era joven creo que apenas hice caso. Con frecuencia me asaltaba la angustiosa idea del tiempo como una racha de aire, breve, temeroso de que como el agua del fondo, tal vez permaneciese a salvo del fuego y la lluvia, pero jamás saldría a flote.

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Y fue un error. Tenía que haber vivido al pie de la letra, recreándome en cada acontecimiento, secando al sol el termómetro de la gripe, disfrutando a sabiendas de que ese estado no es eterno. La juventud es algo que conviene administrar al dedillo, como si la gozases por escrito, inconscientemente poseído por la certeza de que la belleza recién estrenada de las cosas hay que vivirla con la misma devoción retrospectiva que si la estuvieras recordando.

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